9 reflexiones que he tenido como profe de francés

Enseñar francés a los niños es una experiencia llena de emociones, aprendizajes y descubrimientos. En este artículo comparto 9 reflexiones personales basadas en mi experiencia como profesora en mi colegio y en los talleres Kidioma en Madrid.

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¿Qué he aprendido enseñando francés a los niños?

Enseñar una lengua extranjera a los niños es mucho más que transmitir vocabulario o estructuras gramaticales. Es acompañarlos en un proceso de descubrimiento, de confianza y de emociones.
Cada día en el aula o en los talleres Kidioma me enseña algo nuevo: sobre los niños, sobre el aprendizaje… y sobre mí misma.

A lo largo del tiempo he recopilado pequeñas reflexiones, esas ideas que surgen entre una sonrisa, una pregunta o un momento de duda, y que nos ayudan a entender mejor cómo aprenden los niños y cómo podemos guiarlos con cariño y autenticidad.

Hoy quiero compartir 9 reflexiones que he tenido como profe de francés, fruto de mi experiencia diaria enseñando a través del juego, la expresión oral y el enfoque Montessori.

  1. Adaptarse a las necesidades y emociones de los niños… pero también a las nuestras

Hay días en los que estoy cansada o menos inspirada, y está bien. Aceptar esos momentos también puede convertirse en una fuerza: los niños sienten nuestra energía y somos un ejemplo para ellos. Por eso es importante mostrarles nuestras emociones con sinceridad, enseñarles que pasan… y que incluso pueden transformarse en algo bonito.

  1. Es mejor proponer una actividad un poco más ambiciosa que quedarse siempre en la zona de confort

Los niños me han sorprendido muchas veces con sus capacidades. Creer en ellos y ofrecerles retos adecuados a su edad les motiva, despierta su curiosidad y fortalece su autoestima.

  1. El aprendizaje no es lineal

A algunos niños les cuesta más tiempo adquirir ciertos conocimientos, mientras que otros aprenden rápido… hasta que, de repente, todo hace “clic”. Y eso es precisamente lo bonito. No hay nada más mágico que escuchar a un niño usar una palabra aprendida hace semanas.

  1. La pronunciación es la clave

Trabajar los sonidos del francés desde pequeños les permite hablar con claridad y confianza.
Con los más pequeños, me gusta practicar los sonidos complejos a través de canciones o juegos rítmicos. Con los mayores, les enseño a leer los sonidos franceses para que comprendan cómo pronunciar correctamente.
Una buena pronunciación es la base para comunicarse con seguridad.

  1. Repetir, revisar y reutilizar el vocabulario

Así es como se fija realmente el aprendizaje. Repetir no significa aburrir: se trata de presentar el vocabulario en diferentes contextos, a través de canciones, juegos y actividades creativas.

  1. Aprender con todos los sentidos

Manipular, tocar, moverse, escuchar: cuantos más sentidos implicamos, más sólido es el aprendizaje.
Lo veo cada día en mis clases, y me sorprende cómo funciona de verdad: el uso de varios sentidos en un mismo taller multiplica la capacidad de memorización y comprensión de los niños.

  1. El humor y la palabra positiva son esenciales

El humor, la palabra positiva y los ánimos mantienen la atención y las ganas de aprender. Un niño feliz es un niño que quiere aprender… y que memoriza mejor.
Si lo pensamos, ¡nos pasa igual a los adultos! Aprendemos más rápido cuando disfrutamos del proceso.

  1. Confiar de verdad en los niños

Escucharlos e implicarlos en algunas decisiones les da un papel activo en su propio aprendizaje.
Y deberíamos empezar con los más pequeños. A veces quieren leer dos o tres cuentos; otras veces prefieren moverse o jugar. Adapto la sesión según sus necesidades, pero soy yo quien elige el material para mantener el hilo del tema que estamos trabajando.

  1. Soy un ser humano

Puedo equivocarme, pero siempre intento seguir siendo empática, íntegra y comprensiva con los niños. Observarlos, entenderlos y aprender de ellos forma parte de mi trabajo… y también de mi crecimiento personal.

Conclusión

Enseñar francés a los niños no se trata solo de enseñar una lengua, sino de acompañarlos en su desarrollo personal, ayudándolos a ganar confianza, curiosidad y alegría por aprender.
Cada clase es diferente, cada grupo tiene su propio ritmo, y ahí está precisamente la magia de la enseñanza: adaptarse, observar y disfrutar del proceso juntos.