La pedagogía positiva: entre mitos y realidades
La pedagogía positiva es un término que a menudo se utiliza de forma imprecisa. ¿Es sinónimo de permisividad? ¿Cómo establecer límites sin renunciar a la amabilidad? Descubra lo que realmente significa, sus límites y cómo aplicarla de manera concreta en el día a día.
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¿La pedagogía positiva es simplemente un término de moda?
¿Qué es la pedagogía positiva?
La pedagogía positiva es un enfoque educativo que pone el acento en la amabilidad, el ánimo, la valoración y la confianza en uno mismo. Permite a los niños, dentro de un entorno sano y seguro, desarrollarse plenamente.
Pero entonces, ¿cómo aplicarla en el día a día? ¿Cómo gestionar las transgresiones y la frustración? ¿La pedagogía positiva es sinónimo de ausencia de normas y límites?
Amabilidad y marco: un falso debate
Puede ocurrir que se haga una amalgama entre pedagogía positiva y «dejar hacer». Del mismo modo que se podría pensar que la pedagogía Montessori posiciona al niño como un «niño rey». En realidad, no es así. Los límites son primordiales. Ofrecen un marco tranquilizador que permite al niño convertirse en una persona autónoma, respetuosa y segura de sí misma.
En cambio, la pedagogía positiva se diferencia de un enfoque «clásico» porque los límites se establecen por anticipación. El marco es claro. Los niños saben lo que pueden o no pueden hacer y cuál será la consecuencia.
Dicho esto, los niños a veces transgreden las normas: antes de los 6 años, su regulación emocional todavía es inmadura. Comprender por qué un niño transgrede es esencial para saber cómo reaccionar sin perder el rumbo.
¿Por qué los niños pequeños transgreden las normas?
Detrás de cada comportamiento «inapropiado» se esconde a menudo la expresión de una necesidad no satisfecha. Un niño no busca provocar. Busca satisfacer una necesidad.
Antes de los 6 años, el cerebro emocional domina ampliamente sobre el cerebro racional. El niño actúa primero y luego aprende progresivamente a regularse. Por eso un comportamiento puede parecer excesivo o desproporcionado.
En la pedagogía positiva, se habla mucho de necesidades fundamentales. En la pedagogía Montessori, Maria Montessori evoca los periodos sensibles: fases durante las cuales el niño está interiormente impulsado a desarrollar ciertas competencias (movimiento, lenguaje, orden, autonomía…). Si estas necesidades no encuentran una respuesta adaptada, esto puede generar agitación o frustración.
Entre las necesidades más frecuentes en los niños pequeños:
Necesidad de autonomía: «quiero aprender a hacerlo solo»
Necesidad de movimiento: el cuerpo necesita actuar para aprender
Necesidad de atención y conexión: ser visto, escuchado, reconocido
Necesidad de competencia: lograr, sentirse capaz
Necesidad de seguridad y marco claro: saber hasta dónde puede llegar.
Tomemos el ejemplo de un niño que juega con su vaso de agua en el momento de la comida, aunque el adulto le indique que no lo haga. El niño no busca molestar. Puede tener:
una necesidad de movimiento (se aburre en la mesa),
una necesidad sensorial (observar el agua caer),
una necesidad de atención,
o simplemente una fatiga emocional.
Identificar la necesidad no significa autorizar el comportamiento. Significa comprender lo que está ocurriendo para poder establecer un límite adaptado, sin entrar en una relación de fuerza.
Ahí es donde la pedagogía positiva y la pedagogía Montessori se encuentran: se busca la causa, no solamente el síntoma.
Pero entonces, ¿cómo aplicar la pedagogía positiva en el día a día?
¿Cómo utilizar la pedagogía positiva en el día a día?
Continuemos con el ejemplo de la parte anterior. ¿Cómo reaccionar siguiendo la pedagogía positiva?
indicar cuál es la norma: «no se puede jugar con el agua durante la comida»
indicar claramente las consecuencias de sus actos: «si juegas con el vaso de agua, tendrás que limpiar»
nombrar la emoción o la necesidad no satisfecha y, si es posible, dejar opciones: «tienes mucha energía y ganas de gastarla? Podremos jugar con el agua en el momento del baño o podrás jugar un rato antes de ir a cepillarte los dientes»
En este caso, el adulto se posiciona como un referente seguro, que comprende las necesidades de su hijo, al mismo tiempo que establece límites y un marco claro.
Ayudar al niño a nombrar sus emociones y sus necesidades es una herramienta poderosa. Es notable ver el rostro de un niño iluminarse cuando el adulto le ayuda a comprender la emoción que lo atraviesa. Es como si de repente se sintiera comprendido y escuchado. Puede ser útil dejar que vuelva la calma. Un abrazo. Un silencio. Luego, una vez que la emoción se ha calmado, hablar de lo que ha ocurrido.
Continuemos con nuestro ejemplo del agua y veamos ahora cómo la postura del adulto puede afectar la relación con el niño.
—> Postura 1: «¡Has vuelto a tirar agua al suelo! ¡Solo haces tonterías! ¡Stop!»
—> Postura 2: «Has tirado agua al suelo. Quizás estás enfadado o tienes ganas de jugar. Tienes derecho a sentir esa emoción pero no está permitido tirar el agua al suelo durante la comida. Ahora, te pido que limpies».
Las dos frases conducen al mismo resultado. Pero el impacto emocional es totalmente diferente.
La pedagogía positiva es eficaz cuando está equilibrada por un marco claro, pero ¿es realmente posible aplicarla en nuestro día a día? ¿Cuáles son los límites de esta pedagogía?
Los límites y las posibles desviaciones de la pedagogía positiva
El primer límite es simple: la fatiga parental.
En efecto, nosotros también tenemos en el día a día nuestras propias emociones y dificultades de adultos. Puede ocurrir que perdamos la paciencia y no nos expresemos como nos habría gustado. Pero no hay fatalidad. Presentar nuestras disculpas y reconocer que la manera de actuar podría haber sido diferente, nombrar nuestras emociones, es una poderosa forma de crear vínculo con nuestro hijo. Mostrando el ejemplo, el niño comprende el peso y la utilidad de las disculpas, de la expresión de las emociones. Y, sobre todo, el adulto evita agotarse intentando controlarlo todo.
Otro límite puede ser llevar demasiado lejos la amabilidad, la escucha, hasta el punto de decir siempre «sí» al niño.
Es importante encontrar un justo equilibrio entre amabilidad y firmeza (normas y marco). Es este equilibrio el que permitirá a los niños responsabilizarse poco a poco y convertirse en adultos empáticos, respetuosos y resilientes. Establecer normas claras, explicarlas y aplicar las consecuencias anunciadas en caso de transgresión son etapas esenciales. Educar con amabilidad no significa ausencia de normas, es todo lo contrario. El «no» es útil, y todo depende en realidad de las palabras elegidas para explicarlo y de la postura adoptada, que debe ser amable.
Desgraciadamente, también es posible que, a pesar del marco claro y de las normas establecidas, los niños no escuchen las peticiones de sus padres. En esta situación, dejarles opciones de elección, asegurándose al mismo tiempo de que el objetivo se alcanza, puede ser una solución eficaz. A los niños les gusta tener elección, eso les da un sentimiento de autonomía en la gestión de su día a día y, en última instancia, les da confianza en sí mismos.
Tomemos otro ejemplo: el niño no quiere cepillarse los dientes. Posible respuesta basada en la pedagogía positiva:
—> Se le dan opciones que incluyan el cepillado de dientes para que tenga poder de decisión sin omitir el cepillado: «¿prefieres lavarte los dientes antes o después de la lectura del libro?»
Para Maria Montessori, los niños son «espíritus absorbentes»: son «esponjas» hasta los 6 años, aprenden y se construyen imitando y aprendiendo de su entorno y de las personas que los rodean. Así que demos ejemplo y mostremos a los niños que el cepillado de dientes es útil y puede convertirse en un momento agradable:
—> Poner música de fondo durante el cepillado,
—> mirar la arena caer en un reloj de arena,
—> observar sus dientes con un espejo antes y después del lavado para ver la diferencia…
Nosotros también en nuestras clases de inglés y francés de Kidioma utilizamos la pedagogía positiva. Enseguida os explicamos cómo hemos pensado nuestra metodología.


¿Cómo aplicamos la pedagogía positiva en nuestras clases Kidioma?
En Kidioma, hemos pensado nuestra metodología para incluir ciertos principios de la pedagogía positiva y de la pedagogía Montessori.
En primer lugar, cada sesión está pensada y desarrollada para tener un ritmo que permita a los niños utilizar varios de sus sentidos y el movimiento para favorecer un aprendizaje vivo y activo. Cada taller está diseñado para que el niño se divierta, juegue mientras aprende. Sin embargo, el juego no es sinónimo de ausencia de normas: las normas son pocas pero claramente definidas. Los niños saben lo que se espera de ellos y aprenden progresivamente a responsabilizarse dentro de un marco seguro.
Formamos grupos pequeños (máximo 5) para favorecer la expresión oral de cada uno y así desarrollar su confianza en sí mismos.
Dejamos opciones de elección entre ciertas actividades, pensadas previamente para alcanzar objetivos educativosidénticos. Las actividades están diseñadas para que el niño pueda corregir fácilmente su error y comprenderlo como parte integrante de su aprendizaje (valoración del error como una ventaja para aprender).
Animamos al niño a hacer por sí mismo y mezclamos las clases por edad para desarrollar la empatía.
Para terminar, comenzamos cada clase con una ronda en la que todos se expresan sobre su emoción del momento.


En conclusión
La pedagogía positiva no significa ni ausencia de normas, ni supresión de las frustraciones. Los niños necesitan un marco claro y referentes para sentirse seguros y construirse serenamente.
El papel del adulto es trazar un camino hacia el desarrollo pleno, acompañando a su hijo a atravesar las frustraciones(que no deben buscarse eliminar). Así el niño desarrolla progresivamente su madurez emocional y adquiere herramientas para comprender, gestionar y regular sus necesidades y sus emociones.
Todo se basa finalmente en un equilibrio: firmeza en el marco, suavidad en la postura.
Ningún padre es perfecto. A todos nos ocurre perder la paciencia. Pero cuestionarse, reconocer los errores, ajustar la postura… ya es dar ejemplo.
Educar con amabilidad es aceptar aprender al mismo tiempo que el propio hijo. Y a menudo es ahí donde la relación se vuelve más fuerte.
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